Mi campera de cuero le quedaba pintada, como si hubiese estado diseñada exclusivamente para ella y durante todo este tiempo yo fui el encargado de guardársela en mi placard, para cuando llegase finalmente esta noche. El frío era de terror, en la calle no había autos y la mañana remoloneaba en el horizonte. Apenas unas botellas llenas sobre la mesa, el resto de la bebida bien distribuida entre cada uno de los invitados. Quedaba poca gente, pocas neuronas lúcidas.
La fiesta se apagaba, pero todavía se oía la música que llegaba desde el quincho. En el jardín, Florencia se reía. Me miraba a la cara y algo le causaba gracia. Estábamos sentados juntos, en aquel banco de plaza - no me lo olvido más -, cerca, bien cerquita. A ella la notaba alegre, algo así como entusiasmada, eso me dejaba tranquilo. Nos habíamos besado por primera vez minutos antes de que empezara con su risita. Después le dio frío estar afuera y me pidió mi campera. Podría decir que estas secuencias crearon un momento perfecto, al menos fue lo más cercano a eso, aunque en verdad presiento que tan solo reinó por un instante la armonía, nada más.
La fiesta se apagaba, pero todavía se oía la música que llegaba desde el quincho. En el jardín, Florencia se reía. Me miraba a la cara y algo le causaba gracia. Estábamos sentados juntos, en aquel banco de plaza - no me lo olvido más -, cerca, bien cerquita. A ella la notaba alegre, algo así como entusiasmada, eso me dejaba tranquilo. Nos habíamos besado por primera vez minutos antes de que empezara con su risita. Después le dio frío estar afuera y me pidió mi campera. Podría decir que estas secuencias crearon un momento perfecto, al menos fue lo más cercano a eso, aunque en verdad presiento que tan solo reinó por un instante la armonía, nada más.
"Me voy a Valencia, mañana", deslizó entre muecas, y antes de darme tiempo a reaccionar, me volvió a besar. "A las ocho sale el avión, podrías acompañarme a Ezeiza", me dijo. "Perdoname, acompañame si querés... no hay compromiso", aclaró. No me salieron las palabras, sólo atiné a besarla nuevamente, confundido. Enroscado en sus labios recordé años de soledad, de tristeza, de buscarla a ella. Fue un segundo, en dónde también pensé: "¿Quién es esta mujer?". Quizás una más entre tantas que pasaron sin pena ni gloria. Quizás la que esperaba desde hace tiempo. Vaya a saberlo.
Florencia se reía, ya no contenía sus ganas de reírse en mi cara. Mis besos le causaban gracia, o quizás estaba nerviosa, no sé. "¿No vas a decirme nada?", apuró con sus labios color rojo furioso. Y en un acto de sinceridad absoluta, escupí bruscamente: "Puedo decirte que te deseo un muy buen viaje. También que quisiera irme a dormir con vos, pero que ya no tenemos mucho tiempo para dormir porque en dos horas te vas, entonces mis planes de abrazarte en la cama y despertarte a la mañana con el desayuno no serían posibles. Puedo decirte que mientras hablabamos proyecté una vida juntos, algo exagerado, lo sé. Me vi con vos, sentí que te había encontrado y que no iba a ser tan rápida la despedida. También puedo decirte que tus besos me hicieron confirmar que no estoy loco y en verdad me gustas. Aunque, pensándolo bien, puedo decirte que tu encantadora risa ahora me irrita y nunca pensé que iba a fastidiarme tan rápido con una boludés así". Florencia se quedó sin palabras, con su mirada clavada en mis ojos, esta vez sin reírse. Un silencio extraño se apoderó del momento, falsa calma que antecede... Ninguno decidió moverse, tampoco nos quitamos la mirada de encima. Su expresión comenzó a desfigurarse, mientras las intrépidas lágrimas empezaron a decorar su rostro con maquillaje lavado.
Florencia se reía, ya no contenía sus ganas de reírse en mi cara. Mis besos le causaban gracia, o quizás estaba nerviosa, no sé. "¿No vas a decirme nada?", apuró con sus labios color rojo furioso. Y en un acto de sinceridad absoluta, escupí bruscamente: "Puedo decirte que te deseo un muy buen viaje. También que quisiera irme a dormir con vos, pero que ya no tenemos mucho tiempo para dormir porque en dos horas te vas, entonces mis planes de abrazarte en la cama y despertarte a la mañana con el desayuno no serían posibles. Puedo decirte que mientras hablabamos proyecté una vida juntos, algo exagerado, lo sé. Me vi con vos, sentí que te había encontrado y que no iba a ser tan rápida la despedida. También puedo decirte que tus besos me hicieron confirmar que no estoy loco y en verdad me gustas. Aunque, pensándolo bien, puedo decirte que tu encantadora risa ahora me irrita y nunca pensé que iba a fastidiarme tan rápido con una boludés así". Florencia se quedó sin palabras, con su mirada clavada en mis ojos, esta vez sin reírse. Un silencio extraño se apoderó del momento, falsa calma que antecede... Ninguno decidió moverse, tampoco nos quitamos la mirada de encima. Su expresión comenzó a desfigurarse, mientras las intrépidas lágrimas empezaron a decorar su rostro con maquillaje lavado.
No puedo culparla, seguramente ella no supo, cuando decidió su viaje, que a escasas horas de su vuelo, en una fiesta de borrachos desconocidos, ibamos a encontrarnos. Ella, toda radiante. Y yo, el loco de la Balada. "Hace mucho tiempo que esperaba que alguien me diga algo como lo que me acabaste de decir", confesó. Se la notó sincera, siguió: "Fueron años sin respuestas, sin ganas de hacer nada, sin mirarme al espejo, pero no puedo quedarme. Ya está". Decidida, Florencia. Mirá si después de años de tristeza, un fulano que acababa de conocer iba a imponerle, de casualidad, una mínima duda. Se paró rápido y encaró para la puerta ¡¡Se me iba!! Me paré detrás de ella, con un inmenso cosquilleo que me invadió sin control. Fui en busca de lo absurdo, como era habitual. Sin pensarlo, fui detrás de una nueva despedida. Y en la calle me miró por última vez. Faltaban pocos minutos. Antes de subir a su auto me volvió a besar. Se llevó mi campera, no me di cuenta, y no me dijo más nada. La garganta se me cerró, ya no había retorno. Tan solo dejé que se vaya, cagado de frío y desilusionado, con la esperanza de reencontrarla alguna noche en mis sueños. Soñar, tan solo eso, el mecanismo al que mi memoria se acostumbró para lograr acortar las intrépidas distancias.
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