Ser libres es determinar sobre nuestra propia
intención y no bajo la exigencia de condiciones impuestas por alguien o
algunos. Sin embargo, quién puede afirmar que experimenta la posibilidad de no
dejarse persuadir. Nadie puede avanzar si primero, medianamente, no sienta las
bases para la continuidad. Aceptar condiciones no resulta del todo un acto
libre, pero ciertamente es necesario en algunos casos. El sentido es darse
cuenta que uno actúa en base a lo encomendado, por más chiquito que sea. La
fatalidad es creer que nos movemos de acuerdo a nuestra propia voluntad, cuando
en realidad no somos más que el reflejo de la puesta en marcha de un plan
diseñado por otros. Por más intencionado o inconsciente que sea el dominio de
quién nos ordena, no darse cuenta que nos comportamos de acuerdo a sus
estándares, y no a los nuestros, es coartar de manera insoslayable nuestra
preciada libertad intelectual.
viernes, 15 de abril de 2011
jueves, 10 de febrero de 2011
Desde atrás
Consciente del sometimiento, pienso que ya ninguna otra cosa puedo hacer para cambiarlo. Supeditado a su aroma, siempre desde atrás, caminar o arrodillarme no es otra cosa más que mi decisión. Y la difícil situación de entender lo que sucede y, sin embargo, no poder dejar de lado la agonía.
Respirar con bocanadas inmensas cada vestigio del humo que expulsa por su boca. Y de a poco, consciente, contaminarme más y más de su bella arrogancia, hasta el final.
miércoles, 9 de febrero de 2011
El distraído
Cuando cruzó la puerta, una extraña sensación de vacío viajó por su estómago varios segundos. Sabía que tendría que acelerar su paso si no quería volver a llegar tarde. Por eso saludó rápidamente a su vecina de la esquina y dobló. Subiól a pronunciada barranca de jardines floreados y se distrajo con una mosca que lo molestó mientras caminaba. Rápidamente, luego de haber esquivado el obstáculo, se prendió un cigarrillo y decidió relajarse.
martes, 8 de febrero de 2011
Color, color
“No hay tiempos muertos”, me dijo, convencida de sus palabras tan bien ensayadas. Pitaba el cigarro y me miraba fijo, concentrada. Continuó: “No es posible poner la mente en blanco por largo rato, siempre vamos a pensar en algo que nos mantendrá en movimiento, aunque estemos sentados. Sería bueno cada tanto desconectarse del mundo, pero bien, es imposible”. El viento inflaba las cortinas en aquel departamento en Mar del Plata. El calor del verano no se sentía en la costa. Ella fumaba y pensaba. Yo en silencio imaginaba de qué color podía estar pintada su mente en ese preciso momento.
lunes, 7 de febrero de 2011
Justo ella
Justo ella, el ser con más vida de la constelación, me habla de su comportamiento por inercia. Y no pude evitar sentir como la compasión comenzaba a recorrer cada partícula de mi cuerpo. Justo ella, que anoche se desabotonaba inconscientemente el primer botón de su camisa, mientras leía entusiasmada las hojas de un libro de Oscar Wilde, y me mostraba sin darse cuenta su pura belleza escondida detrás de un modesto traje de carcelero. Era guardiana de su propia persona, de lo más íntimo que florece genuinamente cuando no se lo piensa demasiado, y se autoimponía condiciones estúpidas para no convertirse definitivamente en un ser libre. Justo ella, que ni con su ausencia podía estar muerta.

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