La araña teje despacio su tela en la esquina del cuarto iluminado por la
lámpara rojiza. Con paciencia, sabe que su trabajo será beneficioso para ella y
su familia, si lo realiza con esmero y tranquilidad. Aprovecha el calorcito de
la hornalla encendida en la cocina. No hay mucho más espacio en el
mono-ambiente. Los rincones son dueños de una comodidad difícilmente de explicar.
Otorgan una cálida belleza, regocijo de saberse dentro de casa. Afuera, el
desastre. En el interior de un lugar cuadradamente cerrado, la paz.
La araña
continúa su minucioso trabajo, parece no distraerse. El rincón es el mejor
sector de la casa para convivir. La unión de las paredes, el vértice, las
aristas, la esquina perfecta y milimétrica. La arquitectura de un mundo
privado. El hábitat del hombre que cuando vuelve cruza la puerta y respira. El
lado íntimo, profundo y propio, de un ser con una vida exterior que lo obliga
diariamente a camuflarse para existir. Los fieles rincones son callados
testigos de lo que pocos conocen de él. Lo que desde hace días observa y
escucha la araña mientras teje.
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