Cuando cruzó la puerta, una extraña sensación de vacío viajó por su estómago varios segundos. Sabía que tendría que acelerar su paso si no quería volver a llegar tarde. Por eso saludó rápidamente a su vecina de la esquina y dobló. Subiól a pronunciada barranca de jardines floreados y se distrajo con una mosca que lo molestó mientras caminaba. Rápidamente, luego de haber esquivado el obstáculo, se prendió un cigarrillo y decidió relajarse.
“Vengo bien”, pensó mientras esquivaba a un vagabundo perro negro que se le acercaba para olerlo. Y observó que esta vez su reloj no lo apuraba. Las suaves agujas marcaban las seis en punto. Eso era importante para un tipo que era disperso. Los distraídos saben perfectamente que nunca podrán llegar a tiempo a ninguna parte, pero se entusiasman con la idea de poder, aunque sea una vez, cambiar la historia.
Siete cuadras ya lo separaban de su casa y cada vez le faltaba menos para llegar a destino. Pero en ese instante un temporal de lucidez fustigó su mente. Como aquellas lamparitas que se encienden en medio de una perezosa oscuridad, recordó que se había olvidado la carpeta con trabajos que debería mostrarle esa tarde a su jefe.
El distraído volvió por aquellas cuadras que ya había recorrido. Esquivó nuevamente al vagabundo perro negro que se le acercaba para olerlo. Descendió por la pronunciada barranca de jardines floreados y rezó para que no se le interpusiera por su camino la misma mosca u otra cosa. Al doblar por la esquina, su vecina ya no estaba en la calle y el distraído celebró no tener que dar explicaciones respecto del retorno tan inmediato.
Una vez con la carpeta en su bolso, después de haber tardado un tiempo prolongado buscándola por toda la habitación, el distraído volvió a la calle y repitió el camino. Pero esta vez no se percató de lo que sucedía a su alrededor, sino que buscaba en su interior la manera de descubrir qué otra nueva pertenencia se podía haber olvidado.
Antes de caminar la misma cantidad de cuadras que la anterior vez, se dio cuenta, en uno de esos relámpagos de sapiencia que lo azotaban muy cada tanto, que se había olvidado su teléfono celular. Probablemente su jefe lo comenzaría a llamar en breve, al ver que se estaba demorado como siempre, y no podía permitirse el lujo de no contestar esas llamadas, que en más de una oportunidad le salvaron el pescuezo.
Volvió a su casa y volvió a salir. Al mirar el reloj ya no pensó que venía bien. Maldijo en voz alta su distracción. Se insultó en voz bajita. Las agresivas agujas avanzaban ligeramente, tan rápido que decidió no prestarles más atención. “Debe andar mal este cusifai”, pensó.
El tiempo no espera a los distraídos. Mientras ellos se distraen, los minutos se divierten. El tiempo atropella a las personas que no le prestan atención. Existen quienes lo sufren. El tiempo es arbitrario, seco, cuadrado, apagado. Por más que se inventen vistosos cronómetros de muchos colores y botones, el tiempo es aburrido y nunca será agradable para un distraído.
Pero el distraído tiene algo especial en su esencia. Algo que las demás personas no tienen ni comprenden. Guarda en su interior un caudal inmenso, muy particular, que lo caracteriza y que lo hace enorme. El problema radica en que todavía no se ha dado cuenta de qué se trata. Simplemente porque es distraído.
“Vengo bien”, pensó mientras esquivaba a un vagabundo perro negro que se le acercaba para olerlo. Y observó que esta vez su reloj no lo apuraba. Las suaves agujas marcaban las seis en punto. Eso era importante para un tipo que era disperso. Los distraídos saben perfectamente que nunca podrán llegar a tiempo a ninguna parte, pero se entusiasman con la idea de poder, aunque sea una vez, cambiar la historia.
Siete cuadras ya lo separaban de su casa y cada vez le faltaba menos para llegar a destino. Pero en ese instante un temporal de lucidez fustigó su mente. Como aquellas lamparitas que se encienden en medio de una perezosa oscuridad, recordó que se había olvidado la carpeta con trabajos que debería mostrarle esa tarde a su jefe.
El distraído volvió por aquellas cuadras que ya había recorrido. Esquivó nuevamente al vagabundo perro negro que se le acercaba para olerlo. Descendió por la pronunciada barranca de jardines floreados y rezó para que no se le interpusiera por su camino la misma mosca u otra cosa. Al doblar por la esquina, su vecina ya no estaba en la calle y el distraído celebró no tener que dar explicaciones respecto del retorno tan inmediato.
Una vez con la carpeta en su bolso, después de haber tardado un tiempo prolongado buscándola por toda la habitación, el distraído volvió a la calle y repitió el camino. Pero esta vez no se percató de lo que sucedía a su alrededor, sino que buscaba en su interior la manera de descubrir qué otra nueva pertenencia se podía haber olvidado.
Antes de caminar la misma cantidad de cuadras que la anterior vez, se dio cuenta, en uno de esos relámpagos de sapiencia que lo azotaban muy cada tanto, que se había olvidado su teléfono celular. Probablemente su jefe lo comenzaría a llamar en breve, al ver que se estaba demorado como siempre, y no podía permitirse el lujo de no contestar esas llamadas, que en más de una oportunidad le salvaron el pescuezo.
Volvió a su casa y volvió a salir. Al mirar el reloj ya no pensó que venía bien. Maldijo en voz alta su distracción. Se insultó en voz bajita. Las agresivas agujas avanzaban ligeramente, tan rápido que decidió no prestarles más atención. “Debe andar mal este cusifai”, pensó.
El tiempo no espera a los distraídos. Mientras ellos se distraen, los minutos se divierten. El tiempo atropella a las personas que no le prestan atención. Existen quienes lo sufren. El tiempo es arbitrario, seco, cuadrado, apagado. Por más que se inventen vistosos cronómetros de muchos colores y botones, el tiempo es aburrido y nunca será agradable para un distraído.
Pero el distraído tiene algo especial en su esencia. Algo que las demás personas no tienen ni comprenden. Guarda en su interior un caudal inmenso, muy particular, que lo caracteriza y que lo hace enorme. El problema radica en que todavía no se ha dado cuenta de qué se trata. Simplemente porque es distraído.
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