“No hay tiempos muertos”, me dijo, convencida de sus palabras tan bien ensayadas. Pitaba el cigarro y me miraba fijo, concentrada. Continuó: “No es posible poner la mente en blanco por largo rato, siempre vamos a pensar en algo que nos mantendrá en movimiento, aunque estemos sentados. Sería bueno cada tanto desconectarse del mundo, pero bien, es imposible”. El viento inflaba las cortinas en aquel departamento en Mar del Plata. El calor del verano no se sentía en la costa. Ella fumaba y pensaba. Yo en silencio imaginaba de qué color podía estar pintada su mente en ese preciso momento.
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