Justo ella, el ser con más vida de la constelación, me habla de su comportamiento por inercia. Y no pude evitar sentir como la compasión comenzaba a recorrer cada partícula de mi cuerpo. Justo ella, que anoche se desabotonaba inconscientemente el primer botón de su camisa, mientras leía entusiasmada las hojas de un libro de Oscar Wilde, y me mostraba sin darse cuenta su pura belleza escondida detrás de un modesto traje de carcelero. Era guardiana de su propia persona, de lo más íntimo que florece genuinamente cuando no se lo piensa demasiado, y se autoimponía condiciones estúpidas para no convertirse definitivamente en un ser libre. Justo ella, que ni con su ausencia podía estar muerta.

No hay comentarios:
Publicar un comentario