En la televisión, una transmisión de fútbol en vivo llegaba a Buenos Aires viajando por las antenas y los cables desde Santa Fe, provincia que le traía viejos recuerdos de amor a la distancia. Juan miraba el partido y recordaba sus noches iluminadas por las sentimentales palabras que aquella novia santafecina le escribía por internet. Nostálgico la buscaba entre la hinchada de Unión con la ilusión de que la cámara la enfocara, aunque consciente de que nada podía acortar los kilómetros de ausencia que la mantenían inexistente, incluso durante la escasa existencia a su lado. Tres mesas juntas armaban un banquete especial para el festejo de un cumpleaños o de alguna despedida. Señoritas con bandejas desfilaban dejando estelas negras y blancas por los pasillos de un bar pintado de color maíz. Y en la mesa de atrás, a la que Juan le daba la espalda, un muchacho conectaba su computadora a una aplicación eléctrica que estaba en la pared, sabiendo que en cuanto ese cable penetrara en la electricidad dejaría de estar en un bar y pasaría a estar viajando en globo.
La vida, con sus matices reales y artificiales, acontecía en esas cuatro paredes del bar en donde Juan, como quién espera un soplo de aire fresco en su cara, bebía su vaso de a sorbos cortos para amenizar su alma despojada de afectos, en una noche encendida de un viernes de mangas cortas. Apenas un anotador y una lapicera dormían sobre su mesa. Un aire intelectual lo encapsulaba cada vez que meditaba con los ojos clavados en el vidrio, y una esencia misteriosa se adueñaba de su imagen en los instantes en que agachaba la cabeza para escribir en sus papeles. Todo se perdía cuando sus labios se ensamblaban con el vaso de cerveza. Sin embargo Juan sentía que la diversión estaba lejos, o quizás cerca si el muchacho de atrás le prestara su computadora un rato, y pretendía que las horas aceleraran su curso para olvidarse que sus manos deseaban más acariciar una piel suave que un teclado repleto de letras y números.
A lo lejos, tres señoritas sentadas en otra mesa charlaban entusiasmadas. Una rubia estilo francesita se imponía en la escena que Juan observaba compenetrado desde el extremos. Su cabello lacio adornado con flores de colores cautivaba la mirada del muchacho que ya no registraba su block de notas, ni la calle, ni el partido, ni la computadora del de atrás. Miles de preguntas goteaban en la cabeza de Juan: ¿Será argentina?, ¿Tendrá marido?, ¿Con quién vivirá? Y las respuestas no eran más que el producto de su imaginación poderosa. Intentaba leerles los labios, pero cuando imaginaba los besos de la francesita se perdía. Al instante, volvió a mirar sus hojas escritas y sintió que las mujeres lo observaban a él, quizás haciéndose en voz alta las mismas preguntas que él había pensado con anterioridad. Como un juego las tres señoritas comenzaban a arriesgar sobre la vida de Juan, pero a él no le daba el cuero para responderles las miradas y muchos menos para levantarse y contestarles una por una todas las inquietudes. La francesita parecía ser quién conjeturaba con más pasión sobre la vida de Juan, quizás también imaginaba cómo serían los besos del morocho, y él admiraba esa actitud, pero detestaba no animarse siquiera a mostrarle una mueca disfrazada de sonrisa. Juan vivía concentrado en que en los tiempos modernos y verborrágicos, el amor viaja por internet y recién ahí, después de un paso por la computadora, puede llegar a transformarse en realidad o quedar atrapado en una red de conexiones inalámbricas. Pero aquella noche se dio cuenta que en verdad el amor está en la calle, en la esquina transitada sin semáforo donde estaba ubicado el bar, entre las mesas con cervezas que son esquivadas por las camareras, en los rincones con olor a viernes, en las luces desordenadas, y en su block de notas que decía claramente: “me enamoré de la francesa, díganme cómo se llama”.
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